Un llibre. Homenatge als absents.

Aquesta matinada he acabat de llegir el llibre “De blues i grana” d’en Frederic Porta. No vull fer crítica ni tan sols una ressenya del llibre, però si advertir que es tracta d’un llibre «d’esports» diferent. Diferent per l’originalitat del plantejament i la presentació de les històries. El llibre consta de sis històries diferents amb sis personatges que ens expliquen com erem els barcelonistes en una època diferent a l’actual, en una època adversa. Sis protagonistes inoblidables en la història culé. Sis mites.

 El llibre el vaig adquirir ahir al capvespre. Aquest matí, ben d’hora, amb un cafè l’acabava. M’ha tret hores de són però ha pagat la pena. I és que el llibre em va dur a temps passats, temps d’infantesa. Quasi tots els fets que narra son anteriors al meu ús de raó futbolística que comença, als principis d’estiu de 1.968 a l’estadi del Real Madrid, el Santiago Bernabeu, amb motiu de la cèlebre “final de les ampolles”. M’hi van portar els avis amb sis anys acabats de fer. Son el meu primer record. L’autogol de Zunzunegui, la pluja d’ampolles, els crits d’odi,… a cops em pregunto si els records son autèntics o barrejats amb imatges que he vist posteriorment i relats llegits al cap d’anys. No ho sé, però jo hi era. Ja abans havia anat al Camp Nou però no ho recordo.

 Però les històries narrades em son familiars. Escoltades mils de cops de boca del meu avi, del meu pare (fins i tot de l´avia si el jugador era de bon veure, “guapu” i formós). Històries que m’explicaven, una i altre vegada, assegut entre ells dos en els bancs correguts de fusta enllistonada que hi havia al camp en aquells temps. Fà temps van canviar els seients. Les cadires no donen gaire joc, i portar als fills de petits ha estat a costa de tenir-los noranta minuts a la falda. Abans no. Abans tothom s’estrenyia una miqueta més. Tinc la sort de seure en els mateixos seients on seien els meus avis des del dia de la inauguració de l’Estadi. Sempre el mateix lloc. Veïns de cadires em recorden de ben petit. I per a mi son part de la meva família el dia de partit. Fa més de quaranta anys que em coneixen. Han vist passar quatre generacions dels meus.

 Recordo el meu avi explicant-me, orgullós com havia acompanyat Samitier pels carrers i places de  Sabadell. Es una història que, de tant sentida, m’ha quedat per sempre més. Samitier. L’home llagosta. El mag. Per ell, el més gran que va veure mai. Imagineu la cara d’un nen de 5-6 anys, escoltant que el seu avi havia acompanyat Samitier per carrers de Sabadell. Ni sabia qui era ni m´importava en aquells moments. Tan sols sabia que pel meu avi era important. Al meu pare explicant-me històries del Camp de Les Corts, en Kubala. Eren temps encara de trobadors, on la història s’havia d’explicar amb paraules per l’absència de mitjans tal i com els coneixem ara. Temps on intuïes la importància  que la història tenia per a qui te la narrava, per la brillantor dels seus ulls en explicar-la. Sempre més les he recordat. Igual que jo he fet amb els meus fills explicant les signatures d’autògrafs que vaig recollir en una botiga ja inexistent del Portal de l’Àngel que cada setmana convocava algun jugador. Quants cops vaig mirar i intentar reproduir la signatura d’en Johann Cruyff. I crec que aquestes batalletes formen part de l’homenatge  als meus avantpassats.

 En temps d’immediateses, on tot es viu al moment, on hi ha un partit cada tres dies, seria convenient fer cas a l’autor, i fruir dels moments actuals per a poder valorar el llarg camí que ens ha dut aquí, un camí ple d’entrebancs “el Barça no va començar just ahir, ni ha de quedar enclotat entre el darrer partit i el següent…”

 Mai s’ha d’oblidar la història, ni d’on venim, per a poder seguir endavant.

París. De nuevo.

17 de Mayo de 2006. Medianoche en Paris. Restaurante “Le Coupole” en el Boulevard Montparnasse. En el centro de la mesa, la fuente de ostras prometida a mis acompañantes fuera como fuese el partido. Estar en París ya era suficientemente importante como para celebrarlo. No quería que el resultado pudiese trastocar mi dicha. Mi hermano, el mayor de mis sobrinos y mi hijo con 9 años. Era su primera final. Su final. Para mí, en cambio, era ya la tercera tras Sevilla y Atenas. No pude asistir a la de Wembley, destino de los sorteos, falta de contactos y falta de dinero para remediar la falta de fortuna. A Atenas fuí solo. Acabé cenando con unos milanistas en una terraza del barrio de los Dioses, Plaka, justo debajo e la Acrópolis. No puede decirse que fueran dos finales felices en cuanto al resultado aunque de ambas guardo grandes recuerdos.

Durante un montón de días antes le había hablado, a mi hijo, de la posibilidad de perder. De la posibilidad de poder perder. A veces en el deporte se pierde y en otras se puede perder.

Pero ahí estábamos, en un mítico restaurante parisino, símbolo de «l´Art Déco» y de la historia de Montparnasse, de los años locos del París de entreguerras. Sintiendo el eco del descorche de las más de 1200 botellas de champagne del día de la inaguración allá en 1927. En el mismo espacio en que se situaban Derain, Léger, Picasso, Chagall y Vlaminck mientras Man Rai ajustaba sus objetivos. En el que conversaron Breton y Aragon, y Henry Miller y Anaïs Nin, estos quizás intercambiandose algo más que palabras, mientras Matisse apuraba la jarra de cerveza y Joyce alineaba los vasos vacíos de whisky. Con el tiempo pasaron Sartre y Beauvoir, y Camus, este último celebrando su Premio Nobel. Cohn-Benditt subido sobre la mesa en estampa de ese añorado Mayo del 68, con Patti Smith en la terraza tocando la guitarra y un Gaisbourg besando tiernamente a Jane Birkin como anticipo del «je t´aime… moi non plus» que nos hizo imaginar a todos como debería ser estar entre los riñones de la Birkin y esperando a que nos retuviera entre ellos eternamente, mientras seguía susurrando las palabras.

Ahí, devorando ostras y hablando del Barça y de Larsson y de Belletti, de Ronadinho y Puyol, de Márquez y Eto´o y de tantos y tantos que hubieran merecido estar en ese lugar, ese día y a esa hora, jugadores importantes y ánonimos con el paso de los años, pasamos una inolvidable velada hasta que el sueño venció a los pequeños, con sus caras reflejando la felicidad del momento y el cansancio y la tensión acumulada.

Hoy se vuelve a cruzar París en la historia del Barça. Mi hijo ha crecido. El Barça me ha dado la posibilidad de estar más tiempo con mi hijo, durante estos años, de lo que me pertoca. De sentarnos juntos en la grada comentando el partido mientras la vida pasa a nuestro alrededor. De escuchar inquietudes y confidencias entre carreras de laterales pisando la cal y robos de balón en presiones asfixiantes. De hablar de estudios y amistades viendo regates imposibles y centros desde la linea de fondo. Compartir quince minutos de descanso y transformarlos en dos besos y un abrazo suficientes para llenar ese tiempo en que no está. Miradas cómplices en el gol y en la derrota. Alegrías y tristezas compartidas más allá del cesped y la pelota.

Un gol que he vivido

Estimado Alfredo:

28 Noviembre 1.976. Estadi Nou Camp. Mi abuelo se me adelanta para bajar los escalones que llevan a sus asientos de la boca 29. Fila 21. En esos tiempos el terreno de juego estaba mucho más cerca que ahora. Cosas de las ampliaciones y el hundimiento del rectángulo para ganar localidades. Banco de madera listonada corrido a lo largo de la grada y números en blanco pintados en el respaldo igualmente de tablones de madera.

El líder llegaba al Camp Nou. El Valencia de Kempes, Diarte, Adorno y Rep, aunque éste quedó en el banquillo. El Barça, con Clares. La noche de Clares. Sus cinco goles. Pero el cuarto, ése no fue de él. Ese fue tuyo. Sólo marcaste uno más con la blaugrana. Y es el único de los seis, y de los muchos, que pasados 36 años recuerdo.

Centro de Reixach. Pasado. Muy largo. Por una vez, su derecha, más que un guante parecía una manopla. Ahí fui a las primeras filas de la grada para ver si llegaba ese balón. Y ahí apareciste tú. Alfredo Amarillo Kechichian. Uruguayo, acabado de fichar, ese verano, del Valladolid. Lateral o centrocampista zurdo, con esa media melena que se os exigía a los oriundos, acorde a la época.  Esa melena que hizo que me gustase el Atlético de los Ayala, Heredia, Marcelino,… Esa melena que núnca me dejaba llevar mi madre.

Ahí llegaste para impedir que me hiciera con el balón. Tu pierna izquierda se levantó por encima del nivel de tu cintura como no he vuelto a ver jamás hacer a nadie. El arco descrito se quedó grabado a cámara lenta en mi mente. El empeine impactando al balón, justo en el momento de máximo vuelo de tu pierna, en ése preciso instante en que el empeine forma el inicio de una línea recta con el marco. Esa centésima de segundo en que ocurre. Y ese obús entró por la escuadra contraria de la portería.

Y ahí me quedé, en primera fila de la gradería, lo más cercano al césped, con las manos adelantadas a la espera de que llegase ese balón para intentar cogerlo, condenado a perderse por la banda. Nunca te perdonaré que con tu gol impidieras que saliese por la pantalla blanca y negra a mis trece años.

A día de hoy, sigo soñando en ver algún gol así otra vez en el campo, en directo. Por si acaso siempre llevo un pañuelo a la espera de poder sacarlo como hizo mi abuelo ese día.

Futlletó «Barça en la Argentina»

Barça en la Argentina PDF futlletó sencer

Hace pocos días encontré este pequeño librito en una de las paradas del Mercat de Sant Antoni que se celebra los domingos por la mañana en Barcelona. No dudé en comprarlo. Conjuga perfectamente mi pasión por el Barça con la que tengo por la lectura y los libros.

En este país siempre hemos tenido un fino sentido del humor que incluso nos permitimos con el Barça.