Virgencita, virgencita que me quede como estoy (debería haberlo dicho el 13 de Junio del 2010)

También podría haber titulado este post como “Y la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla”. A veces me pregunto si la capacidad del ser humano para hacer las cosas mal es intrínseca a la especie. Por qué nos aferramos a hacer las cosas mal en lugar de en muchos casos dejar fluir el tiempo y la historia con naturalidad, sin más. ¿Qué necesidad hay de meterse en berenjenales ajenos, sin tón ni són? ¿Acaso hacía tiempo que no salían en los medios de comunicación y había que reafirmar egos?

 Esto viene a cuento de la semanita, (que largas se hacen para todos cuando no hay partido inter semanal) que nos han deparado algunos en Can Barça.

 Empezamos con el tema Abidal. No sé quien lo sacó a la luz. Si sé lo que dijo Josep Maria Bartomeu en Rac1 en Diciembre del año pasado. “El contrato de Abidal está redactado y en cuanto juegue su primer partido, lo firmaremos”. ¿Hacía falta? Si, como dicen ahora, es un tema técnico a abordar a finales de temporada, a cuento de que la interferencia del directivo de turno. ¿Acaso no contemplaban la posibilidad de la recuperación? ¿No es más fácil si acaso decir que a finales de temporada se contemplará su renovación y en caso de que esta, por motivos estrictamente deportivos, no fuera posible le ofreceremos la posibilidad de permanecer en el club en un cargo institucional o el que quiera? ¿Qué significa, como hoy ha dicho Vilarrubí, “la renovación de Abidal se gestionará de manera extraordinaria”? ¿Qué para quedar bien, en vista de las opiniones de la gente, son capaces de renovarlo aún cuanto los que deben tomar las decisiones a nivel deportivo, y estrictamente deportivo, lo desaconsejen? En el fondo, un incendio creado por unas declaraciones (las de Diciembre) tan sólo para aparentar y gastar un poco más el término de “valors”, que al final deberán apagar y cargar en la cuenta de otros.

 Reunión del “senat del club”. Me perdonarán pero alguien debe explicarme el porque de los mil primeros socios y el porque del “senat”. Porque no creo que sea representativo de nada, salvo evidentemente que son los mayores.

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Un llibre. Homenatge als absents.

Aquesta matinada he acabat de llegir el llibre “De blues i grana” d’en Frederic Porta. No vull fer crítica ni tan sols una ressenya del llibre, però si advertir que es tracta d’un llibre «d’esports» diferent. Diferent per l’originalitat del plantejament i la presentació de les històries. El llibre consta de sis històries diferents amb sis personatges que ens expliquen com erem els barcelonistes en una època diferent a l’actual, en una època adversa. Sis protagonistes inoblidables en la història culé. Sis mites.

 El llibre el vaig adquirir ahir al capvespre. Aquest matí, ben d’hora, amb un cafè l’acabava. M’ha tret hores de són però ha pagat la pena. I és que el llibre em va dur a temps passats, temps d’infantesa. Quasi tots els fets que narra son anteriors al meu ús de raó futbolística que comença, als principis d’estiu de 1.968 a l’estadi del Real Madrid, el Santiago Bernabeu, amb motiu de la cèlebre “final de les ampolles”. M’hi van portar els avis amb sis anys acabats de fer. Son el meu primer record. L’autogol de Zunzunegui, la pluja d’ampolles, els crits d’odi,… a cops em pregunto si els records son autèntics o barrejats amb imatges que he vist posteriorment i relats llegits al cap d’anys. No ho sé, però jo hi era. Ja abans havia anat al Camp Nou però no ho recordo.

 Però les històries narrades em son familiars. Escoltades mils de cops de boca del meu avi, del meu pare (fins i tot de l´avia si el jugador era de bon veure, “guapu” i formós). Històries que m’explicaven, una i altre vegada, assegut entre ells dos en els bancs correguts de fusta enllistonada que hi havia al camp en aquells temps. Fà temps van canviar els seients. Les cadires no donen gaire joc, i portar als fills de petits ha estat a costa de tenir-los noranta minuts a la falda. Abans no. Abans tothom s’estrenyia una miqueta més. Tinc la sort de seure en els mateixos seients on seien els meus avis des del dia de la inauguració de l’Estadi. Sempre el mateix lloc. Veïns de cadires em recorden de ben petit. I per a mi son part de la meva família el dia de partit. Fa més de quaranta anys que em coneixen. Han vist passar quatre generacions dels meus.

 Recordo el meu avi explicant-me, orgullós com havia acompanyat Samitier pels carrers i places de  Sabadell. Es una història que, de tant sentida, m’ha quedat per sempre més. Samitier. L’home llagosta. El mag. Per ell, el més gran que va veure mai. Imagineu la cara d’un nen de 5-6 anys, escoltant que el seu avi havia acompanyat Samitier per carrers de Sabadell. Ni sabia qui era ni m´importava en aquells moments. Tan sols sabia que pel meu avi era important. Al meu pare explicant-me històries del Camp de Les Corts, en Kubala. Eren temps encara de trobadors, on la història s’havia d’explicar amb paraules per l’absència de mitjans tal i com els coneixem ara. Temps on intuïes la importància  que la història tenia per a qui te la narrava, per la brillantor dels seus ulls en explicar-la. Sempre més les he recordat. Igual que jo he fet amb els meus fills explicant les signatures d’autògrafs que vaig recollir en una botiga ja inexistent del Portal de l’Àngel que cada setmana convocava algun jugador. Quants cops vaig mirar i intentar reproduir la signatura d’en Johann Cruyff. I crec que aquestes batalletes formen part de l’homenatge  als meus avantpassats.

 En temps d’immediateses, on tot es viu al moment, on hi ha un partit cada tres dies, seria convenient fer cas a l’autor, i fruir dels moments actuals per a poder valorar el llarg camí que ens ha dut aquí, un camí ple d’entrebancs “el Barça no va començar just ahir, ni ha de quedar enclotat entre el darrer partit i el següent…”

 Mai s’ha d’oblidar la història, ni d’on venim, per a poder seguir endavant.

Que grandes son!

Acaba de terminar el partido en el Camp Nou. El Barça está una temporada más (y van seis seguidas) en las semifinales del torneo más prestigioso del futbol mundial a nivel de clubs. Un año más en el bombo de las semifinales de la Champions habrá una bola con el nombre del Fútbol Club Barcelona.

 Atrás han quedado noventa minutos frente a un buen equipo. Un muy buen equipo en mi opinión. Noventa minutos que se han hecho largos, ante un rival que ha puesto juego, fortaleza física y velocidad, que ha llegado al campo a discutirle al anfitrión con fútbol el poder estar en semifinales.

 En la grada se ha vivido con nerviosismo pero sin la intensidad del día del Milan, como si se diera por descontada la clasificación antes incluso de jugarse el encuentro. Y ni mucho menos ha sido así.

 El equipo, cogido por pinzas, a causa de lesiones y int_130410_Donaldson_Barca_PSG_postbajas formas de varios de los integrantes del plantel, no está en su mejor momento. Seguro que se necesitan retoques de cara la próxima temporada. Pero una vez más, no han fallado. Que grandes son.

 Las estadísticas, en futbol, poco importan. Pero el que ningún equipo, en toda la historia de esta competición, haya sido capaz de llegar a seis semifinales consecutivas, habla por si solo de la dificultad de la empresa. La dificultad de mantenerse arriba, en lo más alto del futbol mundial, año tras año.

 Y escuchando y leyendo uno cree que muchos no van a entender nunca que esto es un juego, un deporte, donde se puede ganar y perder, aunque este equipo nos haya hecho creer que siempre se gana. Que casi parece una obligación el tener que ganar y además jugando como los ángeles. Nos han acostumbrado fatal. Que grandes son.

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París. De nuevo.

17 de Mayo de 2006. Medianoche en Paris. Restaurante “Le Coupole” en el Boulevard Montparnasse. En el centro de la mesa, la fuente de ostras prometida a mis acompañantes fuera como fuese el partido. Estar en París ya era suficientemente importante como para celebrarlo. No quería que el resultado pudiese trastocar mi dicha. Mi hermano, el mayor de mis sobrinos y mi hijo con 9 años. Era su primera final. Su final. Para mí, en cambio, era ya la tercera tras Sevilla y Atenas. No pude asistir a la de Wembley, destino de los sorteos, falta de contactos y falta de dinero para remediar la falta de fortuna. A Atenas fuí solo. Acabé cenando con unos milanistas en una terraza del barrio de los Dioses, Plaka, justo debajo e la Acrópolis. No puede decirse que fueran dos finales felices en cuanto al resultado aunque de ambas guardo grandes recuerdos.

Durante un montón de días antes le había hablado, a mi hijo, de la posibilidad de perder. De la posibilidad de poder perder. A veces en el deporte se pierde y en otras se puede perder.

Pero ahí estábamos, en un mítico restaurante parisino, símbolo de «l´Art Déco» y de la historia de Montparnasse, de los años locos del París de entreguerras. Sintiendo el eco del descorche de las más de 1200 botellas de champagne del día de la inaguración allá en 1927. En el mismo espacio en que se situaban Derain, Léger, Picasso, Chagall y Vlaminck mientras Man Rai ajustaba sus objetivos. En el que conversaron Breton y Aragon, y Henry Miller y Anaïs Nin, estos quizás intercambiandose algo más que palabras, mientras Matisse apuraba la jarra de cerveza y Joyce alineaba los vasos vacíos de whisky. Con el tiempo pasaron Sartre y Beauvoir, y Camus, este último celebrando su Premio Nobel. Cohn-Benditt subido sobre la mesa en estampa de ese añorado Mayo del 68, con Patti Smith en la terraza tocando la guitarra y un Gaisbourg besando tiernamente a Jane Birkin como anticipo del «je t´aime… moi non plus» que nos hizo imaginar a todos como debería ser estar entre los riñones de la Birkin y esperando a que nos retuviera entre ellos eternamente, mientras seguía susurrando las palabras.

Ahí, devorando ostras y hablando del Barça y de Larsson y de Belletti, de Ronadinho y Puyol, de Márquez y Eto´o y de tantos y tantos que hubieran merecido estar en ese lugar, ese día y a esa hora, jugadores importantes y ánonimos con el paso de los años, pasamos una inolvidable velada hasta que el sueño venció a los pequeños, con sus caras reflejando la felicidad del momento y el cansancio y la tensión acumulada.

Hoy se vuelve a cruzar París en la historia del Barça. Mi hijo ha crecido. El Barça me ha dado la posibilidad de estar más tiempo con mi hijo, durante estos años, de lo que me pertoca. De sentarnos juntos en la grada comentando el partido mientras la vida pasa a nuestro alrededor. De escuchar inquietudes y confidencias entre carreras de laterales pisando la cal y robos de balón en presiones asfixiantes. De hablar de estudios y amistades viendo regates imposibles y centros desde la linea de fondo. Compartir quince minutos de descanso y transformarlos en dos besos y un abrazo suficientes para llenar ese tiempo en que no está. Miradas cómplices en el gol y en la derrota. Alegrías y tristezas compartidas más allá del cesped y la pelota.

Cuando se pierde la sonrisa

No han sido, estos últimos días los mejores para el Barça. Para nadie que estime al Futbol Club Barcelona. Ni a nivel institucional ni de resultados. Para muchos el equipo ha fallado cuando no debería haberlo hecho. Los resultados ante el Milan y ante el Real Madrid han propiciado un alud de comentarios y opiniones contrarios al equipo y al cuerpo técnico.

En estos últimos años hemos estado tan acostumbrados a que el equipo rara vez fallaba que damos todos por sentados que los partidos se ganan. Casi no damos margen al empate o a la derrota. No. Los partidos se ganan. Y en el deporte no es así. Se gana y se empata, y siendo del Barça tenemos la suerte que se pierden pocos. Y enfrente teníamos rivales de la talla del Milan o del Real Madrid. Sé que muchos pensamos que no en sus mejores momentos. Pero son rivales con tradición. Y que para ellos, el jugar contra el Barça les puede volver a estar en lo más alto de la ola. Es así. La motivación la tienen en el partido mismo. Actualmente, y partiendo de que el equipo no es un prodigio físicamente, ni ahora ni nunca, sino estas al cien por cien los atletas te pasan por encima. Y eso es lo que ocurre.

Quizás el equipo se haya hecho mayor, quizás han faltado rotaciones, quizás deberían haber dado más minutos a los recién ascendidos del B o incluso a algunos que aún están en él, quizás deberíamos tener un nueve de 190 cm, quizás los fichajes no han dado lo que deseábamos, quizás….(aquí cada uno puede tener su opinión)

Pero lo único cierto es que hasta finales de Enero nadie comentaba nada de todo esto. Habíamos logrado todos los récords posibles de un inicio de temporada, el equipo iba como un tiro y con una marca de goles difícilmente igualable. Parecía que habíamos conseguido ser más verticales que en la campaña anterior, aunque nos costara el separar líneas y asumir algún gol de más. Y todo esto con el mismo equipo que juega ahora.

Los entendidos en preparación física dicen que el problema no está ahí. Que físicamente están bien. Que por ahí no van los tiros. Y les creo. Las piernas andan si el cerebro funciona. Y funciona con claridad. Y funciona con alegría.

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